Por Claudio Andrade
Nunca el tiempo transcurrió tan rápidamente. En los últimos veinte años los procesos comunicacionales, industriales, culturales, parecen haberse acelerado de tal forma que estamos perdiendo el hilo del principio: la voluntad original de los acuerdos, el hilo con el que estaban tejidos los sueños de la humanidad.
¿Mucho? Ni tanto. Y, cada cierto tiempo, aparece un libro. Un texto que nos revela todo —o casi todo— con la amabilidad de una conversación. Bueno, una conversación profunda, con varios cafés de por medio.
Ese libro es “Nexus“, de Yuval Noah Harari. Se trata de un verdadero «después no digan que no les avisé». O, mejor dicho, «después no digan que no les advertí».
Nexus es una obra que tiene mucho de ciencia y poco —o nada— de ciencia ficción. Harari no se pierde en locas historias sobre una posible «conciencia de la máquina» o la «conquista de nuevos horizontes» que tanto obsesiona a figuras como Elon Musk.
El historiador y pensador subraya los peligros de la inteligencia artificial en cuanto ente capaz de tomar sus propias decisiones, aunque el origen de esas decisiones podría ser uno que nosotros ni siquiera imaginemos: una secuencia lógica, por ejemplo, que derive en un apocalipsis, segregación, crisis financiera global y un largo etcétera.
Harari deja más que claro que no estamos en presencia de una máquina autoconsciente, aunque sí de una entidad que ya es capaz de autogestionarse en varios sentidos.
La IA no tiene «razones humanas» (porque no lo es), sino elementos que contribuyen a un cálculo computacional cargado de aritmética y ecuaciones derivadas.
Como seres humanos nos cuesta mucho aceptar que aquello que nos responde —un perro o una IA— carece de las mismas herramientas que poseemos gracias al lenguaje y a la meridiana conciencia de nuestros actos. De hecho, el lenguaje es la gran herramienta que heredamos de nuestros padres, no sin pagar un precio por ello. Lacan ha escrito maravillosamente bien sobre el tema.
“Nexus” me hizo pensar en la película “Ex Machina“, de Alex Garland. Un millonario convoca a un trabajador de su empresa para que analice el comportamiento de su flamante robot. Aunque el joven es un genio del software, a medida que pasan los días —el guion transcurre en medio de la montaña, en un laboratorio secreto y ultramoderno—, va construyendo un vínculo que parece peligrosamente humano con el androide. En la práctica, una historia casi de amor entre un humano y una robot. Sin embargo, el chico no sospecha cuáles son las verdaderas intenciones de su empleador, ni tampoco las del robot al que se enfrenta.
Volviendo a Harari, el autor nos recuerda insistentemente que nuestra aproximación a la máquina debe ser prudente. Una prudencia que implica nuevas legislaciones y nuevas formas de aproximarnos a la realidad, quizás de una manera que jamás pensamos antes. Un antes que abarca 100 mil años o poco más.
Porque la máquina, ahora lo sabemos mejor que ayer, podría tomar decisiones en un futuro próximo que terminarán afectando nuestra vida e incluso nuestra existencia.