Por Juan Santiago Gómez Andrade

El comercio exterior ha sido, históricamente, el gran motor de la economía chilena. Desde los ciclos del salitre y el cobre hasta la diversificación agroalimentaria, el país ha sabido reinventarse y abrirse al mundo. Hoy, con más de 30 tratados de libre comercio vigentes, Chile conecta sus exportaciones con más del 90% del PIB global, consolidándose como una de las economías más abiertas del planeta.

Los resultados son claros. Según la Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales (SUBREI), las exportaciones de bienes alcanzaron un récord de US$ 30.054 millones en el primer trimestre de 2026, con un crecimiento de 13,8% respecto al año anterior. La minería sigue liderando, con el cobre y el litio en niveles históricos, mientras que los alimentos —salmón, vino, fruta fresca— consolidan a Chile como proveedor confiable en los mercados internacionales.

Pero el éxito no está exento de riesgos. La reciente crisis de la cereza, con un 87% de los envíos concentrados en China y retornos bajo el costo de producción para casi la mitad de los productores, es un recordatorio de la fragilidad que implica depender de un solo mercado. La diversificación hacia Estados Unidos, Europa, India y Sudamérica es urgente, aunque aún insuficiente.

Aquí la SUBREI cumple un rol estratégico: no basta con firmar tratados, se requiere una política activa que impulse la innovación, el valor agregado y la inserción de las PYMES en los mercados globales. El desafío es construir una matriz exportadora resiliente, capaz de resistir crisis sectoriales y sostener el crecimiento en el largo plazo.

Chile ya demostró que puede reinventarse. Ahora debe hacerlo con inteligencia estratégica, para que el comercio exterior siga siendo fuente de prosperidad y no de vulnerabilidad.

  • Técnico en Logística y Comercio Exterior, Navegante del fin del mundo.