Acababa de bajar del avión. En la tradicional esquina de Callao y Corrientes un parlante emitía a todo vapor “Lejos en Berlín” de Fito Paéz. Era 1989 y quedaba poco para que los gloriosos, obsesivos, despreocupados, subrayados, años 80 llegaran a su final.

El paso a la década siguiente iba a cambiarlo todo para siempre pero entonces, los habitantes de aquel lapso, no lo sabíamos.

Muy lejos de allí en Magallanes, en Puerto Natales, el Café Midas continuaba funcionando. Apenas dos años antes estábamos allí tomando una leche con banana, un licuado en versión porteña, y comíamos completos de mayonesa, tomate, palta. Las tardes se volvían eternas entre las sillas del café que daba a la Plaza de Armas, aunque casi nunca mirábamos hacia afuera.

Salvador Miranda, poeta, escritor, divulgador cultural, ya entonces hacía su trabajo y rompía un récord de 18 horas de permanencia en el Café Midas, charlando y consumiendo sin detenerse. No llegaba a las 24 porque había 6 horas en las que el lugar estaba cerrado.

Por las noches, los amigos charlaban en la vereda y barajaban posibilidades. Eso en 1986, 1987. Pero ahí estaba yo en la Ciudad de la Furia, con Fito sonando por los aires.

Para entonces la Argentina atravesaba una hiperinflación que mantenía en forma física a los dueños almacenes y los repositores de supermercados, los precios no paraban de subir y por lo tanto de cambiar. Un cartelito reemplazaba al siguiente.

Aun así, el país parecía dirigirse hacia algún lado. Había carteles en los bares pidiendo mozos, construcciones que requerían obreros, vendedores por todas partes ofreciendo una insólita variedad productos “nacionales”. Una rareza para alguien que venía de un Chile con un 45% de pobreza y de una localidad, Puerto Natales, en donde gran parte de su población adulta trabajaba en la mina de Río Turbio, al otro lado de la frontera.

Buenos Aires era, en medio de esa crisis, una usina cultural, se multiplicaban los cursos de arte, literatura, teatro, música, no pocos de ellos gratis. Las librerías no cerraban y adentro se acumulaban millones de títulos de libros. El paraíso de los lectores.

Mucho de todo aquello aun se conserva, pero el desgaste del estancamiento y retraso económico y las políticas públicas que no alcanzaron, se hacen sentir en la Buenos Aires de la actualidad. La ciudad es bella, la gente da la pelea como puede.

Puerto Natales y Magallanes no florecen pero mantienen su músculo, su impronta ganada en los últimos 30 ó 40 años. Siempre me parece casi misterioso la transformación de aldea marginal a centro de operaciones de industrias y comercio. Los 90 y los 2000 pasaron velozmente.

Pero estaba en el recuerdo. A los 15 años íbamos a Río Turbio para ver películas europeas y argentinas. Conocimos a Johnny Tolengo, un personaje improbable, pero divertido. A Susana Giménez. Al Gordo Porcel. Pero también a Sumo, porque a Charly García quien no lo conocía o a Soda Stereo, Virus.

Los 80 tuvieron una poderosa banda de sonido que todavía persiste. Mientras escribo estas líneas en un café, suena Soda Stereo.

Esta semana se disparó una APP que permite que te convertirte en una fotografía de los 80. El resultado sorprende, es que fue una década loca. No la he probado. Quién sabe.