La verdad es un asunto espinoso.
Por consenso llegamos a afirmar que la “gente”, las “audiencias”, quieren la verdad de cualquier forma, aun sin anestesia, porque eso constituye las bases de la realidad social, el país, su economía, bla, bla, bla. Nada más mentiroso que esa presunta vocación de verdad.
Lo cierto es que, por un lado, como explica tan detalladamente en sus intervenciones y libros Yuval Noah Harari, no solo es caro y engorroso llegar a la verdad, sino que tampoco toda la “gente”, toda la “audiencia”, la recibe con los brazos abiertos. Lo sé de primera mano.
En 2017 me tocó cubrir para Clarín la desaparición de Santiago Maldonado, un joven murió ahogado en el río Chubut, en la provincia argentina del mismo nombre, en el marco de una ocupación ilegal de 1.200 hectáreas por parte de la agrupación mapuche Resistencia Cushamen. Hubo un procedimiento por parte de Gendarmería Nacional y, en su huida, el joven falleció accidentalmente.
Los mapuches aseguraron que Maldonado había sido golpeado y secuestrado por los agentes. A ellos se sumaron organizaciones de derechos humanos, entre muchas otras kirchneristas, que encontraron una veta para fustigar al gobierno de Mauricio Macri y eventualmente hacerlo caer.
La prensa hizo lo propio y la mayor parte se sumó al coro que interpretaba una “desaparición forzada” como si la Argentina estuviera atravesando una nueva dictadura militar. La etiqueta era muy conveniente para ciertos sectores, pero falsa. Por completo. A numerosos periodistas esto tampoco parecía preocuparles demasiado.
El caso se resolvió. Pasaron los meses, emergió el cuerpo del agua y 55 peritos, incluidos los de parte, sentenciaron que se trató de un accidente. Se ahogó en soledad.
Este podría conformar un hecho paradigmático en términos de discusión social sobre la verdad, pero, en los años siguientes, el sistema de procesamiento de datos, la posibilidad de trucar declaraciones —algo que pasó con Maldonado y los mapuches— y también fotografías y videos, más la llegada de la IA que aceleró los procesos de “pos verdad” o de neo relato, han cambiado aquel panorama de debate por completo.
Días atrás, el conductor Mario Pergolini dijo en una entrevista, para sorpresa de los periodistas que lo habían convocado, que la figura de Javier Milei no le preocupaba nada y que el 80% de la gente pensaba más o menos igual. Una encuesta reciente confirmó la visión de Pergolini. En la vida cotidiana, la figura de Milei no pesa entre los argentinos. Si existe un “peso”, se relaciona con el escándalo, los insultos del presidente, sus perros, su peinado, pero el centro del huracán, donde se define el futuro del país, no es un recontra tema. Las estadísticas no mienten. “Las historias de animalitos garpan”, me decía una editora. Si las historias son correctas, reales o inventadas, da lo mismo. Sirve para todo lo demás.
Las audiencias están menos interesadas en la verdad de lo que las propias audiencias imaginan. En las redes sociales hay reclamos permanentes acerca de “la verdad” que, en teoría, ocultan los profesionales de la comunicación, los políticos, los empresarios, pero la verdad es que la verdad de verdad los aburre soberanamente. La verdad a secas adormece a la audiencia, aquieta esos dedos frenéticos que hoy se disputan los anunciantes. Al punto que es la propia audiencia la que truca fotos o inventa temas o noticias sólo para llamar la atención, generar movida, descartando la verdad como un tema a considerar. Lo importante es el impacto.
Más complejo aún: la audiencia, la gente, el propio generador de contenidos ya no sabe qué es su “verdad”. Ya no logra diferenciar si lo que escribió, dijo o fotografió lo hizo él mismo, una máquina o una IA. Por eso abundan en redes fotografías perfectamente falsas y textos que solo pudo escribir a las apuradas una IA gratuita. Y no importa. Ni al autor ni a quien lo lee. O no lo lee.
Esto lo saben a la perfección quienes administran sitios y medios. De modo que, más que nunca, la hipérbole, el sesgo, la mirada oblicua predominan sobre los hechos ciertos, sobre los datos chequeados. Por caso, hoy los (ex) “diarios” cubren choques y asaltos desde un teléfono provocando una dramática merma en la información ofrecida.
El mundo es mucho mejor que hace 50 años, cuando las personas de color todavía tenían problemas amplios, masivos, respecto de sus derechos en Estados Unidos, solo por poner un ejemplo. El estándar de vida de la mayoría ha mejorado de maneta sustancial, por poner otro.
Sin embargo, organizaciones de todo tipo, bajo el rótulo de ONG, nos aseguran que el mundo está peor que nunca y que nos queda muy poco rollo en el carrete.
Con discursos ambientalistas disfrazan sus verdaderos propósitos: el despoblamiento del planeta. Pero suena tan feo decirlo que, en lugar de hablar del oscuro “nihilismo” que los mueve, mencionan ranitas, huemules, guanacos y otros animales. No dicen la verdad: que desprecian a la humanidad.
¿Quiénes están detrás? Por lo general, multimillonarios mesiánicos que se imaginan como únicos habitantes de un mundo perfecto en 30 años. Este es un dato cierto, pero sombrío.
Y las mentiras continúan. Científicos con sesgo —lo he visto—, filósofos y pensadores a los que les cuesta tanto ocultar su antisemitismo que, sin decirlo, invocan el odio y la destrucción de Israel. Es el progresismo en su forma más violenta, más perversa.
Mientras odian profundamente a “todes”, dibujan una paloma de la paz. Ya no es hipocresía, es disfraz.
Si muchas de las columnas que leemos, los videos que observamos, las fotografías que linkeamos son producto de una mentira, de una inteligencia artificial, de un retoque profundo a la realidad; si es un dato sesgado, manipulado; si nuestra letra ya no es nuestra letra y a nadie le importa, ¿cuál es el punto de todo esto?
La verdad se ha convertido en aquello que no nos importa porque sus consecuencias nos quedan muy lejos. O quizás no tanto, pero esto ya sería una cuestión acerca de la verdad.