Nacido el 1 de junio de 1942 en nuestra hermosa Puerto Natales, Honorino Landa Vera llegó al mundo como un verdadero regalo del extremo sur de Chile. Hijo de madre chilena y padre español, “Nino”, como cariñosamente lo llamaban, creció entre los paisajes patagónicos que forjaron su carácter fuerte, rebelde y lleno de talento futbolístico.
Aquel niño de mirada pícara y pies mágicos se convertiría, con el tiempo y las experiencias, en uno de los delanteros más queridos del fútbol nacional.
Los natalinos hacen memoria y cuentan en las redes que vivió en una casa ubicada en el centro de Natales. En las redes sociales es mencionado con afecto y admiración por gentes de todo Chile, algunos de los cuales lo vieron jugar en su época de gloria.
Desde pequeño mostró una pasión inquebrantable por el balón. La enfermedad de su padre llevó a la familia a Santiago, donde Honorino encontró en los “potreros” capitalinos un escenario para desarrollar su don.
Debutó profesionalmente en Unión Española en 1959, club al que defendió con el alma durante gran parte de su carrera. Como centrodelantero, Nino era puro instinto: rápido, audaz, con una técnica exquisita y un olfato goleador que hacía vibrar las tribunas. No era solo un jugador; era un artista con la pelota en los pies, relatan hoy quienes lo recuerdan.
Con 132 goles figura como el máximo artillero en la historia de Unión Española y el cuarto máximo goleador del Campeonato Nacional.
En Italia también disfrutaron de sus dotes, en Modena F.C., Hellas Verona y Sampdoria.
Su nombre brilló con luz propia en la selección chilena. Con apenas 20 años, fue el jugador más joven del histórico equipo que alcanzó el tercer lugar en el Mundial de 1962, jugado en casa.
Participó en la recordada “Batalla de Santiago” ante Italia, mostrando nuevamente ese temperamento fogoso que lo caracterizaba.



Landa también enfrentó al poderoso Brasil en la ya legendaria semifinal del Mundial de Chile 1962, jugada el 13 de junio en el Estadio Nacional de Santiago. En ese encuentro, el natalino quedó en la memoria de todo el fútbol sudamericano por intentar una espectacular «chilena» que rozó el arco brasileño. Chile perdió 2 a 4 frente a Brasil, equipo que finalmente se coronaría campeón del mundo.
Cuatro años después, volvió a vestir la Roja en el Mundial de Inglaterra 1966. En total, disputó 25 partidos internacionales, dejando huella con su garra y calidad.
Pero más allá de los logros deportivos, lo que más se recuerda de Honorino es su humanidad. Era un hombre de corazón grande, generoso con sus compañeros y cercano con la gente. Rebelde y distinto, como muchos genios, vivió el fútbol con pasión desbordante. Tras colgar los botines en 1975, dirigió brevemente a Unión Española entre 1982 y 1983, transmitiendo su experiencia a las nuevas generaciones.
Lamentablemente, nos dejó demasiado pronto, el 30 de mayo de 1987, a solo dos días de cumplir 45 años. Su partida dejó un vacío enorme en el fútbol chileno y en el corazón de todos los que lo admiraron. Hoy, desde Puerto Natales hasta Santiago, su legado perdura. Es el niño patagónico que llevó el nombre de su tierra natal a lo más alto del deporte rey.