Me sorprende ahora descubrir que desconozco cómo vivió mi padre después que dejé mi pueblo hace 38 años. Digo descubrir porque la idea de esta ignorancia me cayó como un rato días atrás estando en Buenos Aires, donde paso algún tiempo por año cuando puedo.

Creo que me fui de Puerto Natales un primero de febrero y el 2 o el 3 estaba en Buenos Aires con mi inefable tío Carlos Torres. Personaje de Río Turbio. Personaje de sí mismo. Personal de la Patagonia.

Pero no vine a hablar de él o de mi sino del recuerdo de mi padre y de sus días en soledad.

Porque pasado el tiempo esto es lo que presumo, que permaneció mucho tiempo solo. En su casa, solo. En su pueblo del que a veces quería marcharse porque le gustaba el calor.

Las pocas ocasiones en que pasé un fin de semana con él en mi adolescencia, se dedicaba a escuchar partidos de fútbol, después colocaba creo que algo de música clásica o jazz, leía desordenadamente y trata de no atender si golpeaban la puerta. Limpiaba sus zapatos, espiaba de mala gana por la ventana y cocinaba platos simples pero aceitosos. Y eso era todo. Todo lo que yo podía ver de su vida transcurrida sin amigos, sin compañera, sin hijos, ni siquiera un gato.

Por lo general, las noches antes de irnos a dormir, cerraban con alguna película de vaqueros que pasaran por la televisión. Tenía una de 20 pulgadas en colores de la que estaba orgulloso como inversión.

Mi padre fue un padre averiado como tantos y no me enseñó mucho de cómo llevar adelante una familia porque él mismo lo desconocía. Yo tampoco supe. Mi primera hija me disparó la locura de no saber, de ser incapaz de interpretar el amor. Al menos lo sentí como una bomba y supe que importaba. Que era lo que más importaba. Mis pequeños.

De nuevo me pierdo. Recién en un ascensor me crucé con una piba que debe tener menos edad que mis hijas. Medio dormida. Anteojos. Pelo desordenado, abundante, me hizo pensar en Bob Dylan. Miraba baja. Vestida de negro dos tallas más grande que su humanidad. En la mano sostenía un CV, alcancé a leer un nombre. ¿Alejandra? Pero estoy seguro de que era un CV. ¿Cómo la llevaría en esta ciudad donde hay tanta gente y las oportunidades escasean?. He caminado esos caminos.

Otra vez me desvié a otra parte. Mi padre. Su soledad.

Estimo que Nino, mi padre, no modificó demasiado sus hábitos hasta su muerte. Es más, cuando el médico, según sé, le dijo que le quedaban días o semanas, se ocupó de comprar el calefactor siempre postergado para su cocina. Porque era otoño y pensaba atravesar el invierno en su casa, como si no fuera un enfermo de gravedad, que no debería andar por ahí sin asistencia médica.

Dejó el hospital, compró el calefactor, y cruzó el largo invierno y casi toda la primavera. Murió en noviembre de 2004, no recuerdo el día. Pero lo imagino, herido de muerte, desplegando su humilde rutina. Para entonces ya no hablábamos, nos habíamos peleado por teléfono de mala forma.

Pero lo imagino. Su radio, el fútbol, el jazz, los almanaques, los libros de cuentos, el silencio de otras voces. Tampoco la mía.

Con otras vivencias, con otro estilo de hacer las cosas, con otros recursos, aquí me tienes, aquí me tengo, conectado con la mayoría de las personas que amo, pero igualmente solo. Entre un lugar y el siguiente. Imaginando yo transcurrir el invierno, la primavera, el verano.

Con mis propios libros, el jazz y el silencio de los demás. Como si no hubiera podido conjurar su maldición y su legado de padre. O no padre. Qué diablo sé yo de nada.